UN REGALO DE TRUJILLO

Leyendo el libro de memorias de Johnny Abbes García, de reciente publicación, parecería descubrirse un nuevo Trujillo, el que Abbes conoció, sirvió y ahora revela que idolatra, y qué distinto al que el pueblo dominicano recuerda. Ahí sí se podría decir con propiedad que es cierto que el papel lo aguanta todo.

El libro, con unas amplias notas del editor Orlando Inoa es indudablemente un aporte a la discusión de la figura del dictador dominicano, que todavía parece estar insepulto si nos atenemos a las variadas manifestaciones de fervor trujillista que a diario vemos ó leemos.

Trujillo fue un ser especial, de eso no cabe duda, una personalidad afectada y con tales desviaciones psíquicas que habría que buscar a los estudiosos de estas ciencias para que arrojen luces en cuanto a los orígenes y causas de sus expresiones conductuales. Mostró con creces ser un verdadero sicópata, con grandes fijaciones que lo llevaron a cometer acciones desviadas y verdaderas atrocidades sin ningún aparente tipo de remordimiento. Vengativo, altanero, soberbio, estuvo siempre lleno de complejos y fobias que marcaron toda su vida.

En el ejercicio del poder omnímodo que caracterizó su largo período de opresión, se consideraba él Señor y amo de la vida nacional, desde los grandes asuntos de estado hasta la pequeñas situaciones personales de cada dominicano. Baste recordar que en su alocada personalidad llegó a creerse que podía curar enfermedades y así lo hizo publicar en la prensa. Un megalómano completo.

Todos y cada uno de sus actos estaban premeditadamente calculados para que produjeran el efecto deseado; nada dejaba al azar. La simple elección de una reina de un certamen popular de simpatía en un pueblo del interior en sus fiestas se veía expuesta a tener que ser avalada por Trujillo y dedicarle a este el esplendor de las fiestas. Era algo inaudito. Los dominicanos de hoy día no conciben que esas situaciones se dieran a diario en el país. Tan absoluta era la dominación de este hombre sobre la voluntad de un pueblo, que esas manifestaciones parecían normales.

En una ocasión, antes del rompimiento político entre ellos. Trujillo le regaló un caballo de raza al Lic. Rafael Estrella Ureña, ya le había enviado un carro Packard con dos chóferes, pero el destinatario del regalo lo devolvió. El caballo era para que desarrollará una crianza de animales de raza en su propiedad de Santiago. Probablemente Estrella no tenía en mente tal proyecto de crianza de animales, pero Trujillo quiso aparentar con los regalos un particular gesto hacia su amigo. El animal fue destinado a los establos de la propiedad y eventualmente usado en las tareas ordinarias del campo.

Durante sus viajes a Santiago Trujillo hacía una rutinaria visita a la casa de su lugarteniente número uno de la región, José Estrella, Tío José como le llamaban sus íntimos; esa visita se efectuaba a La Herradura, sección rural de Santiago donde tenia su feudo el temible Comisionado del Gobierno.

En una ocasión, después de visitar a su viejo amigo y colaborador, Trujillo pasó, de regreso a Santiago, por la propiedad de Estrella Ureña y desde la distancia de la carretera observó al caballo que le había regalado meses atrás, con unas árganas y unos bidones llenos de agua. El caballo se usaba para cargar agua del río.

Al ver su bello ejemplar convertido en un caballo de tiro y aguatero, Trujillo montó en cólera y al llegar a la Mansión en Santiago llamó al jefe militar de la plaza, a quien le ordenó que se robara ese caballo al día siguiente y se lo enviara a su Hacienda Fundación, en San Cristóbal, para cuyo efecto él enviaría un camión al otro día en la madrugada para el traslado.

El jefe militar buscó entre su personal de servicio un hombre que supiera montar caballos de raza, que fuera capaz de sustraer sin dejar huellas y que tuviera el valor para afrontar cualquier dificultad que se presentara en la operación. Encontrado el hombre con ese perfil, se inició el plan de rescate del caballo regalado por Trujillo.

La operación no resultó fácil, pues las caballerías estaban situadas al lado de donde dormía la peonada y la sustracción se hacía casi imposible. Al pasar dos, tres días y el caballo no llegar a San Cristóbal, Trujillo llamaba a diario a su jefe militar de Santiago inquiriéndole qué pasaba con la orden dada. Cuando éste le explicó la dificultad que se presentaba, Trujillo le dio un ultimátum, “ ponga dos o tres hombres a hacer el trabajo y si tienen que eliminar a los peones, que lo hagan”, tronó la voz del Jefe por el hilo telefónico.

Esa noche el hombre de la operación se fue a cumplir con su encargo. La noche se presentó lluviosa y la peonada se acostó temprano, lo que favoreció el acercamiento a la caballeriza sin hacer ruido y, cubierto con una capa de lona abrazó el caballo el cual dócilmente se dejó conducir hasta la carretera. Allí el feliz jinete se lanzó en loca carrera al sitio donde aguardaba el camión enviado por Trujillo para conducir el animal hasta la Hacienda Fundación.


Escrito por: ABIGAIL CRUZ INFANTE

1 comentario:

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